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encontrarás los sumarios de todos los números de La Mariposa Mundial; poemas, reseñas, ensayos, artículos, imágenes
y más. Te recomendamos ojear los fragmentos de las separatas que acompañan cada número.

Número 15

Sumario

Barroquismos literarios – Abel González
Los vuelos de una mariposa – Luis H. Antezana
[Caer de las horas] – Rodolfo Ortiz
Necesidad de la construcción simbólica de las ciudades – Omar Rocha
La otra orilla – Juan Carlos Orihuela
Poemas – Vilma Tapia
Poemas – Edwin Guzmán
El destino literario de Edmundo Camargo – Wálter Iván Vargas
Cuatro poetas uruguayos – Echevarren / Espina / Oroño / Guerra
Dibujo de Roberto Kovacs
El Occiso – María Virginia Estenssoro
Los cofres vacíos – Carlos Medinaceli
Juan Luis Martínez y el texto que ríe II – Elizabeth Monasterios
Ernesto (Poema) – René Bascopé
Entre les trous de la mémorie – Dominique Appia
El libro amado
La fascinación poética por la dualidad humana – J.C.R. Quiroga
Escritura desescrita: Ítaca de Blanca Wiethüchter – Pamela Romano
[Notas por el ojo de una espina] – Rodolfo Ortiz

Sin – Samuel Beckett

Número 13/14

Sumario


Notas claramente olvidadas por el agua – Rodolfo Ortiz
Detrás de los ramajes – Rodolfo Ortiz
Poemas inéditos – Guillermo Bedregal
El lenguaje mágico de la muerte – Álvaro Diez Astete
La traducción de la poesía - Ives Bonnefoy
The Seafarer – Versiones anglosajona y de Ezra Pound
Un anticipo de la zozobra – J.C.R. Quiroga
El navegante – Versión Borges / Kodama
Nota sobre la traducción de El navegante - J.C. Mac Lean
El navegante – Versión J.C. Mac Lean
La vigilia de Venus – Versión Silvio Mattoni
Fuentes anónimas – Eliot Weinberger
Las melancolías de un rey y las cavilaciones de su ministro – H.C.F. Mansilla
Nuestra encuesta
Niño de hoy, soldado de mañana – Juan Pablo Piñero
El trago – Sbtte. Cab. Gary Medrano
Poesía argentina contemporánea – Elena Bossi
Quiosco de meditación – Benjamín Chávez
Carta de Blanca Wiethüchter a Humberto Quino
El libro amado
Poemas – Paura Rodríguez Leitón
Mario Sampaolesi: Miniaturas eróticas – Osvaldo Gallone
Clarice Lispector – Jorge Patiño Sarcinelli
Manhatan transit – Luis H. Antezana
Enumeración de lo innumerable – Julio Barriga

Soneto XIV – Wálter Benjamin

Número 11 / 12

Sumario

Grado cero del habla: El Loco de Arturo Borda – J.C.R. Quiroga
Palabras en la muerte – Guillermo Viscarra Fabre
De Borda a Borda o los trece huecos de mosca – Espíritu Maligno
Arriba corazones – Arturo Borda
Arturo Borda una obra del más allá. Entrevista a Carlos Salazar – Ayllón / Ortiz
Algunas consideraciones acerca de Arturo Borda – Carlos Medinaceli
Cincos textos sobre la ciudad de La Paz – Jesús Urzagasti
Como los árboles lo que no tiene nombre es possible – J.C. Orihuela
Todo deviene en huayño tarde o temprano – Óscar García
Nuestra encuesta
Cinco poetas latinoamericanos de ogaño
Poemas – José Cozer
Poemas – Reynaldo Jiménez
Poemas – Víctor Sosa
Poemas – Liliana Ponce
Poemas – Cé Mendizábal
El libro amado. Cuentos Completos de Truman Capote – Rubén Vargas
Presente – Francois Fédier
Dos fragmentos acerca del pensar – María Zambrano
Reflexiones sobre la formación del poeta – W.H. Auden
Humberto Quino: Coitus ergo sum – Benjamín Chávez
Jesús Urzagasti: El último domingo de un caminante – Omar Rocha
La indicación poética en La torre abolida – Luis H. Antezana
De las sensaciones – Silvio Mattoni
Poema 1775 – Emily Dickinson

Número 10

Número 9

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Número 7 / 8

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Número 6

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Número 4

Sumario


«El Unicornio»
Juan Emar

«En el zoológico de San Agustín de Tango»
Juan Emar

«Carta a Carmen»
Juan Emar

«Nota sobre Florencio Naltagua»
Juan Emar

«Me rodea un horizonte cosa…»
Alfredo Silva Estrada

«Sobre un lector de rompe y rasga»
Omar Rocha V.

«Tratadín de estética o la felicidad del tallarín» Segunda parte
Iván Oroza

«Homo Demens»
Alvaro Díez Astete

«En la apertura de la metafísica divina»
J. C. R. Quiroga

«Cuando ella gemía»
Virgilio Vásquez López

«Ven»
David Portillo M.

«Formación en los ombligos»
Rodolfo Ortiz O.

«Carta dirijida a S. M. el Emperador»
Emeterio Villamil de Rada

«La personalidad de Villamil de Rada»
Ismael Sotomayor

«Esquema para desarrollar un poema»
José Gorostiza



Separata: «El tránsito infernal y el peregrino»
Sergio Suárez Figueroa

Número 3

Sumario

«Hilda Mundy»

«Evocación de Jaime Saenz»
Silvia Mercedes Ávila

«Pirotecnia»
Luis Tapia

«Poemas»
Juan Carlos Orihuela

«La mitificación de la realidad»
Bruno Shulz

«Anuncio de vitral: un vacío para descubrir o para rellenar»
Marcos Sáinz Bacherer

«Hilando a John Cage»
Conversaciones

«Temas y variaciones»
Jonh Cage

«Rodeos para llegar al reverso pujavantino»
Espíritu Maligno

«Carta de Don Ramiro de La Jota»
Manuel María Lara

«El Kaika-huahua»
Angel Casto Valda

«Carlos Medinaceli y el oro en polvo del epistolario» Segunda parte
Ramiro Reynaldo Huanca Soto

«Mosaicos vizantino, Julia»
Marcelo Villena Alvarado

«Salmos»
Edmundo Camargo Ferreira

«El loco y sus designios»
Omar Rocha Velasco

«Micaela»
Jaime Saenz

«La obra continuada de Babel» Segunda parte
Rodolfo Ortiz O.


Separata: «El Curso Délfico»
Manuel Pereira

Número 2

Sumario

«Con el ojo caviloso»
Rodolfo Ortiz O.

«Autobiografía»
Arturo Borda

«Macedonio Fernández»
Ramón Gómez de la Serna

«Carta a Ramón Gómez de la Serna»
Macedonio Fernández

«Autobiografía» (Pose N° 1)
Macedonio Fernández

«Autobiografía por encargo» (Pose N° 2)
Macedonio Fernández

«La desaparición de una familia»
Juan Luis Martínez

«Carlos Medinaceli y el oro en polvo del epistolario»
Ramiro Reinaldo Huanca Soto

«La ciudad o el lugar de la escritura»
Omar Rocha V.

«Obertura de las revelaciones»
David Portillo M.

«El reino de la bestia»
Franz Tamayo

«Piernas»
Isaac G. Eduardo

«La biblioteca de Ismael Lillo»
Oscar García

«Asteriscos sobre Ondas de los Ecos de Anita Rivera de Sotomayor»
Ismael Lillo

«Tratadín de estética o el tallarín de rieles»
Iván Oroza

«Gentileza en las obras»
Gonzalo Portugal T.


Separata: «Gracias y desgracias del ojo del culo»
Francisco de Quevedo y Villegas
Prolegómeno del Dr. Rolando Costa Ardúz

Número 1

Sumario

7 «Fragmentos a un cometa»
Rodolfo Ortiz

11 «Pautas para la presencia de cualquier ciudad en Rimbaud»
Guillermo Bedregal García

14 «Carta a Paul Demeny»
Arthur Rimbaud

15 «El pasado será siempre imprevisible»
Omar Rocha V.

23 «Diálogo con Pedro Lastra»

29 «Poemas»
Guillermo Bedregal García

33 «En busca del acantilado»
Oscar García

36 «Un proyecto silencioso»
Ce. Mendizábal R.

37 «Una visita a Roberto Leitón»
Omar Rocha V.

39 «Carta a Roberto Leitón»
Carlos Medinaceli

40 «Ferdydurke de Witold Gombrowicz»
Marcelo Villena A.
41 «La obra continuada de Babel»
Rodolfo Ortiz


Separata: «Ebrio inmortal y otros poemas»
Charles Bukowski






Fragmentos MM1...


«Pautas para la presencia de cualquier ciudad en Rimbaud»

Guillermo Bedregal García


Un recodo invisible de Charleville vio al vidente. El vidente transformó su rostro y una nueva gesticulación redondeó la expresividad de su grito. El campo creció, y se vio reflejado en cada árbol. La forma esponjosa de los edificios otoñales de París alejó al joven Arthur de su vida pueblerina. Se suponía en las tardes apacibles de la aldea cuando Rimbaud escapado de sus estudios secundarios, lejos del tumulto tímido de la vida provinciana se deslumbraba en Voltaire, o extraía de autores mediocres –legado infaltable de las bibliotecas municipales–, la voz de un Flaubert, o la dureza franca de un Balzac. Aquilatando el trueno de las primeras escuálidas denuncias de un mundo arrollador que crecía envolviendo tranquilos pastisales, invadiendo la luminosidad y acumulaciones de secretos, la campiña demasiado bella del país galo. París era una quimera demasiado conocida para el poeta. Más tarde, en Bruselas y Londres, insultando primorosamente a su amante Verlaine iría a odiar la metrópolis hasta el grado de sentirse poseído. Se iría a establecer el cordón umbilical, donde bien en tono de blasfemia, bien en tono de un amor demente colocando o tratando de salvar, observando los ojos iría a unir el fantasma de su impulso poético, con la ciudad. Sólo en ella presiente la posibilidad de ese «sistemático desarreglo de todos los sentidos». La pureza frigia del campo invita más bien –como las estatuas del pueblo– a abrir una habitación para aves temporales, imperceptibles al impulso de lo cotidiano, encajadas en su excremento, no como parte de él; más bien rebotadas desde una superación mentirosa del origen. Están por allá los almendros, o los cipreses demasiado armónicos, tendientes a desgastarse al segundo esfuerzo de la pupila. Está el olor del pan en la mañana, contaminando de pureza la pureza. Están muy bien escondidos, falsos, los cuchicheos de la madre, que ama la provincia, porque –antes muerta– parece haber sido puesta en el desgaste del tiempo para las futuras necesidades de retorno, primero transitorio y después eterno, de Rimbaud, hacia lo que detesta, como detestó la sutil y mísera abundancia, de aquello que engendra pensamiento largo, pensamiento de bella siesta, que al embate del tiempo resulta absorbido por la fuerza de las contradicciones. Así pues, recobró de la campiña lo que la campiña no tenía. ¿Qué era al fin ser vidente? Desparramar la apertura pectoral que permitiera a la hibridez corromper los tejidos hasta el punto que el «sistemático desarreglo de los sentidos» del poeta lo permitiese. Establecer un montículo emergiendo sobre las aguas de algún círculo no ocupado por el cielo; lanzarse en frenéticas carreras contra monstruos que llegaban al límite de la pureza, que su pureza lo permitiese. Llegar a las orillas, fatigado de hilaridad y de insultos, permitir, cohesionar, dar la cadencia informal y bárbara de la pureza, de una ternura quizás sólo entendida en lo racional por él, aquel momento, en el que, con el rostro quemado de Afri-ca, retornaba a Charleville, para purificar con su olvidada prostitución sistemática los recodos de la muerte.

En la ciudad estuvo la calidad; es decir el paso cualitativo que transforma los enunciados de la «eternidad como un sol mezclándose en el mar», en los destellos alucinantes de «Ciudades» de «infancia», de aquellos «obreros» rescatados quizás del deseo insatisfecho de una militancia en la Comuna de 1871, cuando a gritos pedía a Banville la infraestructura necesaria para un inmediato traslado al entonces fragoroso y definitivo París; las Iluminaciones, según testimonio de Verlaine fueron escritas en cuadernos de escolar, durante los vagabundeos del poeta por Bruselas, Londres y otras ciudades, donde como se ve en un maravilloso grabado de la época, se veía al poeta combatiendo su adolescencia que no pudo eludir al fondo diáfano de la única fotografía conocida de Rimbaud, donde una mirada recobraba los caballos de madera y el amor prematuramente tardío de la madre: Rimbaud de dieciseis años, aún con gesto de madrugada lluviosa y fragante. Desde el anhelo enri-quecedor del niño sobrevino al establecimiento profundo del visionario en los confines ineludibles de la vida y de la muerte –que en la ciudad se patentizan más que en ningún otro ámbito. Hay una línea, no sé si ascendente o descendente (Rimbaud no hubiera establecido parámetros tan rígidos) que conserva como sino común la posesión de esa bárbara, vieja inocencia antes mencionada. (...)




«Poemas»

Guillermo Bedregal García



Jamás nació este muerto

El día ennegreció tras de ti los juegos que daban forma de pez a la morada.
Por ocultarse la música fue una caverna de agua,
y el preguntar, una mano desvinculada de la piel,
casi sola en los que no necesitaban de la luz.

Mi amigo eras sonando en cualquier ramaje,
mis ojos cuando todo había dejado de ser para que lo descubrieras,
aquel aire respirado antes por algún extraño.

Se fue definitivamente la música con los animales.
Quieto, el hecho de palparse era olvido,
y las invocaciones rodaban por la hierba
oliéndose la oscuridad en cada partícula de sueño.
– Jamás nació este muerto que nos relaciona.
Un cansancio difundía la ciudad más allá de las ventanas
y regresaba la lluvia a sepultarse en el callado impulso de la vida,
entre la humareda
y un grito cicatrizado en el amor.


Para el recuerdo del olvido

Junto al alma de las navegaciones,
en los cielos que partieron con los ojos del viajero,
tú eres la forma que esperaba mi alma para revelarse.
En el orificio que se descubre cuando se ama
el río con ojos de ciudad,
mirando el trasfondo de una muerte en la ventana
dibujada en la pared;
en la locura de los árboles abismales,
en el mensaje de las puertas
y en el llamado de los trenes,
imitándose uno siempre,
sorprendido por la textura de tu piel entregada
por primera vez al frío,
abrazándote en una nueva imagen para
el recuerdo del olvido.




«Diálogo con Pedro Lastra» (Fragmento de la entrevista)


La Mariposa Mundial: Es un placer tenerlo en Bolivia y le agradecemos haber aceptado conversar con nosotros. Tenemos varias preguntas que quisiéramos hacerle en torno a la literatura latinoamericana actual, pero antes quisiéramos empezar con el principal motivo de su visita: la lectura que un chileno hace de los escritores bolivianos.

Pedro Lastra: A la hora de recibir esa comunicación de la Facultad de Humanidades de la UMSA, en la que me designaban como profesor honorario de la Carrera de Literatura, tuve que meditar cuidadosamente sobre cuál podría ser el tema de mi respuesta. En algún momento, mis amigos bolivianos sugirieron que hablara de literatura boliviana, puesto que esto era una de las razones por las que me habían designado profesor honorario. Hice algunos trabajos sobre literatura boliviana, uno de ellos sobre Alcides Arguedas, que se publicó en el periódico Presencia; ha sido también publicado en varios lugares con distintos títulos, finalmente, en el libro de Lectura Hispanoamericana se llama «Las contradicciones de Alcides Arguedas». Esa fue una ponencia que presenté en un congreso sobre literatura andina en 1979, allí también estuvo Tomás Cajadillo con un trabajo sobre Ciro Alegría. Era una reunión muy amplia, donde se revisaban los grandes temas de la literatura andina. Por otra parte, por esos años, yo había sido designado como colaborador del Hand book Latinoamerican Studies de la Biblioteca del Congreso de Washington, que tiene una sección que los años impares se dedica a la literatura y los años pares a ciencias sociales. Es un volumen enorme, una especie de manual de los bibliotecarios, no sólo de los Estados Unidos, sino de todo el mundo. Entonces, fui invitado a colaborar en esa publicación en 1977 para hacerme cargo de la sección de poesía –la publicación está dividida por géneros–, me hice cargo de un sector específico que era el área andina: Ecuador, Perú y Bolivia. Esto me familiarizó con la literatura boliviana, me acercó a ella, estaba recibiendo todas las publicaciones que se hacían dentro de un periodo de dos años. Hice esa tarea durante seis o siete años, después tuve que trasladarme a la sección de Colombia y Venezuela y en la sección andina quedó un buen especialista, compatriota suyo, que se llama Oscar Rivera Rodas. En estos momentos el área andina está dividida en Ecuador y Bolivia a cargo de Oscar Rivera Rodas, y Perú a cargo de José Miguel Oviedo. Entre los años 77 y 84 esa fue un área mía, digamos, y trabajé con gran interés y provecho, porque eso me permitió conocer a poetas que no había leído. Así fue como conocí los libros de Jorge Suárez, por ejemplo.

Tomás Cajadillo: ¿Cómo te llegaba el material?

P.L.:
En bolsas gigantescas que contenían cientos de libros.

T.C.: ¿Tenías que devolverlos?

P.L.: Teníamos que devolverlos. Sigo trabajando en el campo, pero ahora soy jefe de la sección de poesía, ahora está a cargo mío la parte general, los colaboradores de las distintas áreas me mandan un informe y tengo que ordenar todo ese material. Mi trabajo consiste en disponer el material de la sección de poesía de toda Hispanoamérica y en hacer los trabajos generales. Cuando se trata de hacer una antología de la poesía hispanoamericana, por ejemplo, eso me llega a mí; pero si se trata de una publicación como la Obra poética de Jaime Saenz, eso le llegará a Rivera Rodas.

La pregunta de Tomás es muy oportuna porque se envían estas cajas a los colaboradores durante un año, una cantidad enorme, ustedes saben la cantidad de poesía que se publica en un país. Si llegaban 500 libros, yo me pasaba veranos ente jes a la luna, ahora a Marte, evidentemente esta es una época que está en constante transformación y que es muy difícil agotarla en todos sus rasgos. En el plano de la cultura este problema se hace aún más complejo.

Existen un par de artículos muy notables del gran novelista norteamericano John Barth, que solía dar a los estudiantes como antídoto. Este escritor dice que ya no sabe lo que es ni dónde está, señala que lo ubican en unas listas como un escritor modernista, en otras como un escritor postmodernista. Lo único que sabe es que no es un escritor del siglo XIX y que si tuviera que apuntarse en una lista sólo lo haría si allí figuraran García Márquez y Borges. Eso me parece notable, es de mucho peso.




Separata: «Ebrio inmortal y otros poemas» Charles Bukowski


Causa y efecto

los mejores a menudo mueren por su propia mano
sólo para alejarse
y los que quedan atrás
no pueden nunca plenamente comprender
porque alguien
alguna vez habría deseado
alejarse
de ellos.


París

nunca
ni siquiera en tiempos más tranquilos
se me ha ocurrido
soñar con
atravesar esa
ciudad
en bicicleta
y de boina

además Camus
siempre
me hinchó.



Fiesta de cumpleaños

bebiendo con Norman Mailer
en su suite de Chateau
Marmont
me cuenta de una velada
que tuvo
con Charles Chaplin.
Norman sabe
cómo contar
una historia
después ya es hora
de irse a la fiesta de cumpleaños
de un productor
para el que trabajamos
los dos.
le digo a Norman que Hollywood
me aterroriza
que temo
perder
mi maldita alma.
bajamos en ascensor
al estacionamiento
el encargado
me trae el auto
«yo también tengo un bmw»,
me dice Norman.
«¿de qué color?»
le pregunto.
«negro»,
me dice
el mío también es negro
«los bacanes
conducen bmw’s negros», le
digo.
nos subimos
y manejo
por el Sunset
Boulevard.